Capítulo 1. El detonante: la política de identidades
Los Balcanes están situados justo donde se separan dos grandes y diferentes civilizaciones, en las fluctuantes fronteras de los otrora imperios turco y austriaco, y precisamente esa división a creado en la región unas añejas rivalidades étnicas. Esas identidades buscaron ser reprimidas durante el período comunista (1945 en adelante), pero no era posible desarraigarlas en lo profundo de los sentimientos nacionales.
Josip Broz Tito falleció en 1980, y después de su muerte comenzó la desintegración de Yugoslavia, una nación artificial que nunca había existido como tal, y que se había mantenido unida debido a la fuerte personalidad del Mariscal y al rigor de su régimen policial y totalitario. Incluso hacia la década de los setenta ya no era extraño escuchar frases de tinte nacionalista como: ‘En este país existe un solo yugoslavo: Tito. Los demás somos serbios, bosnios, croatas, eslovenos, etcétera’.
Fue el propio régimen socialista el que le abrió las puertas a los nacionalistas por diversas maniobras administrativas. La perestroika y la glasnost se saborearon años antes en Yugoslavia que en la URSS, aunque sin llegar a desmantelar el salvaje aparato de control policiaco sobre la población. Los serbios eran el grupo étnico más representado dentro de la federación. Para evitar el creciente recelo de los otros grupos, una nueva constitución en los años setenta le dio carácter institucional a las distintas comunidades de Yugoslavia. Se crearon seis repúblicas y la legislación les otorgó un margen considerable de poder autónomo, incluso el de vetar decisiones del gobierno federal, lo que a la postre provocó una parálisis administrativa cada vez más acentuada. Al mismo tiempo, los líderes locales estaban ganando popularidad en su república contra el centro.
Tras la muerte de Tito, la parálisis federal se tradujo en una severa crisis económica con una aguda inflación. Por lo demás, el predominio del gobierno comunista en las instituciones yugoslavas era vasto pero frágil. Dado que la Liga Comunista Yugoslava [LCY] se había dividido en arreglo de los límites nacionales, los argumentos nacionalistas se convirtieron en una forma de lidiar con el retroceso económico[3]. Desde entonces, las autoridades locales comenzaron a echar culpas con un sesgo étnico. Por ejemplo, era un hecho que los serbios constituían gran parte de la administración pública en Croacia. “En consecuencia, fueron acusados de ser los responsables de todos los errores, crímenes y fallas de los comunistas en su gobierno por más de cuatro decenios”.[4]
La rama serbia de la LCY fue la primera en tomar decisiones unilaterales para tratar de amortiguar la desesperante situación económica, al menos en su república. Las dos provincias autónomas de Yugoslavia, Kosovo y Vojvodina, fueron anexadas a Serbia en un episodio conocido como ‘el gran robo del banco’. Con el vigente sistema de representación proporcional, lo anterior tendría como consecuencia que los serbios pudieran tomar importantes decisiones en el gobierno federal. Este desplante unilateral hizo reaccionar a las otras repúblicas, empezando por Eslovenia. La rama eslovena del LCY canceló su ayuda para las regiones subdesarrolladas de la Federación.
A finales de los ochenta se aceleró la muerte de Yugoslavia. Con el predominio serbio en el gobierno central, los dirigentes en Croacia y Eslovenia comenzaron a presionar por una administración más flexible para sus repúblicas. La cúpula serbia ignoró estas peticiones. Ante esta riada de confrontaciones bastante definidas por la nacionalidad, la política de identidades habría de convertirse en oro molido para los dirigentes yugoslavos. Ese era el momento para reinventar momentos fundamentales de la historia y con ello renacer los sentimientos nacionalistas entre el pueblo; era la intención de construir adecuadas versiones culturales que resultaran eficaces para el éxito político. Las llamadas a la diferenciación étnica no se hicieron esperar.



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