El final de una era

•septiembre 1, 2007 • Dejar un comentario

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“La segunda Yugoslavia no falleció de muerte natural. Fue asesinada”.

 Bogdan Denitch, político socialdemócrata

 

“Los medios de comunicación instigaron deliberadamente el odio”.

Zlatko Dizdarevic, editor del periódico Oslobodenje de Sarajevo

 

“Así Radovan Karadzic, el dirigente serbobosnio, declaró que los serbios, croatas y musulmanes eran ‘como perros y gatos’”.

Mary Kaldor, investigadora inglesa

 

“Aquel fue el comienzo del dominio turco en nuestras tierras, y este será el último, después de tantos siglos crueles… los serbios estamos salvando a Europa, aunque el resto de Europa no valore nuestros esfuerzos”.

De un soldado serbobosnio a un periodista

 

“Lo que no se entendió es que en realidad había pocos combates entre las partes y que el principal problema era la violencia constante contra los civiles. En consecuencia, las tropas de la ONU no supieron brindar protección ni proporcionar convoyes de ayuda; por el contrario, se limitaron a observar, en palabras de un humorista de Sarajevo, como ‘eunucos en una orgía’”.

Mary Kaldor, investigadora inglesa

Introducción

•agosto 31, 2007 • Dejar un comentario

Los Balcanes siempre han sido un crisol de culturas en uno de los lugares más conflictivos en la historia. Pero en 1918 había sido creado un concepto regional de nación, el posteriormente conocido como ‘Reino de los Eslavos del Sur’, una formación política que aglutinaba a distintas comunidades étnicas de la región. El contexto de una Europa bajo el totalitarismo acabó con el proyecto. En la posguerra, una personalidad comunista balcánica se encargó de levantar un nuevo estado yugoslavo. El régimen de Josip Broz Tito buscó, para beneficio del Estado socialista, disipar las identidades de las distintas naciones componentes de Yugoslavia.

Como los resultados de esta política no sucedieron como los comunistas esperaban, se procedió a otras estrategias. Para mantener el equilibro étnico en el estado socialista de Tito, se crearon seis repúblicas en base a los límites nacionales: Serbia, Croacia, Montenegro, Eslovenia, Macedonia y Bosnia-Herzegovina. Pero aún así existían importantes minorías étnicas en casi todas las repúblicas; sobre todo, había albaneses en la provincia serbia de Kosovo, además de croatas en Herzegovina y serbios en Bosnia y Croacia, a quienes se les denominaba bosniocroatas, serbobosnios y serbocroatas respectivamente.

Desde luego, cada nación yugoslava seguía teniendo su historia particular y sus propias tradiciones, en definitiva, su identidad. En cuanto a patrones lingüísticos no existía gran diferencia entre aquellas naciones, aunque cada una tenía su acento particular y sus tendencias selectivas de vocabulario. La excepción a la regla la constituían los eslovenos, que sí hablaban una lengua distinta. Pero la gran diferencia desde el punto de vista nacional la constituía la religión: los croatas y los eslovenos eran católicos; los serbios, macedonios y montenegrinos eran cristianos ortodoxos, y los bosnios y kosovares de confesión musulmana.

La abdicación de los regímenes comunistas en Europa del Este llevó consigo la posibilidad de que brotara la rabia acumulada en más de cuarenta años de autoritarismo. En los años ochenta la Liga Comunista Yugoslava, el monopolio socialista que había sido liderado por Tito, se hundió en una suerte de disidencias y deslealtades basadas en viejos prejuicios y rivalidades étnicas, lo que alimentó las aspiraciones populares nacionalistas y que palparon bien ciertos políticos ansiosos de mantener su prestigio. Los mensajes nacionalistas encontraron un espacio en la opinión pública, y los pasivos pero latentes sentimientos nacionales despertaron como un volcán en erupción.

Capítulo 1. El detonante: la política de identidades

•agosto 31, 2007 • Dejar un comentario

Los Balcanes están situados justo donde se separan dos grandes y diferentes civilizaciones, en las fluctuantes fronteras de los otrora imperios turco y austriaco, y precisamente esa división a creado en la región unas añejas rivalidades étnicas. Esas identidades buscaron ser reprimidas durante el período comunista (1945 en adelante), pero no era posible desarraigarlas en lo profundo de los sentimientos nacionales.

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Josip Broz Tito falleció en 1980, y después de su muerte comenzó la desintegración de Yugoslavia, una nación artificial que nunca había existido como tal, y que se había mantenido unida debido a la fuerte personalidad del Mariscal y al rigor de su régimen policial y totalitario. Incluso hacia la década de los setenta ya no era extraño escuchar frases de tinte nacionalista como: ‘En este país existe un solo yugoslavo: Tito. Los demás somos serbios, bosnios, croatas, eslovenos, etcétera’.

Fue el propio régimen socialista el que le abrió las puertas a los nacionalistas por diversas maniobras administrativas. La perestroika y la glasnost se saborearon años antes en Yugoslavia que en la URSS, aunque sin llegar a desmantelar el salvaje aparato de control policiaco sobre la población. Los serbios eran el grupo étnico más representado dentro de la federación. Para evitar el creciente recelo de los otros grupos, una nueva constitución en los años setenta le dio carácter institucional a las distintas comunidades de Yugoslavia. Se crearon seis repúblicas y la legislación les otorgó un margen considerable de poder autónomo, incluso el de vetar decisiones del gobierno federal, lo que a la postre provocó una parálisis administrativa cada vez más acentuada. Al mismo tiempo, los líderes locales estaban ganando popularidad en su república contra el centro.

Tras la muerte de Tito, la parálisis federal se tradujo en una severa crisis económica con una aguda inflación. Por lo demás, el predominio del gobierno comunista en las instituciones yugoslavas era vasto pero frágil. Dado que la Liga Comunista Yugoslava [LCY] se había dividido en arreglo de los límites nacionales, los argumentos nacionalistas se convirtieron en una forma de lidiar con el retroceso económico[3]. Desde entonces, las autoridades locales comenzaron a echar culpas con un sesgo étnico. Por ejemplo, era un hecho que los serbios constituían gran parte de la administración pública en Croacia. “En consecuencia, fueron acusados de ser los responsables de todos los errores, crímenes y fallas de los comunistas en su gobierno por más de cuatro decenios”.[4]

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La rama serbia de la LCY fue la primera en tomar decisiones unilaterales para tratar de amortiguar la desesperante situación económica, al menos en su república. Las dos provincias autónomas de Yugoslavia, Kosovo y Vojvodina, fueron anexadas a Serbia en un episodio conocido como ‘el gran robo del banco’. Con el vigente sistema de representación proporcional, lo anterior tendría como consecuencia que los serbios pudieran tomar importantes decisiones en el gobierno federal. Este desplante unilateral hizo reaccionar a las otras repúblicas, empezando por Eslovenia. La rama eslovena del LCY canceló su ayuda para las regiones subdesarrolladas de la Federación.

A finales de los ochenta se aceleró la muerte de Yugoslavia. Con el predominio serbio en el gobierno central, los dirigentes en Croacia y Eslovenia comenzaron a presionar por una administración más flexible para sus repúblicas. La cúpula serbia ignoró estas peticiones. Ante esta riada de confrontaciones bastante definidas por la nacionalidad, la política de identidades habría de convertirse en oro molido para los dirigentes yugoslavos. Ese era el momento para reinventar momentos fundamentales de la historia y con ello renacer los sentimientos nacionalistas entre el pueblo; era la intención de construir adecuadas versiones culturales que resultaran eficaces para el éxito político. Las llamadas a la diferenciación étnica no se hicieron esperar.

Capítulo 2. La ira nacionalista

•agosto 25, 2007 • Dejar un comentario

Las monótonas y a menudo repetitivas alegatas nacionalistas se limitaban a círculos de intelectuales y lingüistas aficionados. Las discusiones étnicas no se volvieron importantes hasta que los líderes políticos se involucraron en la polémica[6]. Más que haber sido provocado por un ascenso popular de odio legítimo, la rabia nacionalista fue el resultado de malabares populistas y la manipulación de los medios de comunicación masiva. El nacionalismo en la ex Yugoslavia fue un revuelo contemporáneo que se fomentó con fines políticos; es decir, desde arriba.

Con las fricciones políticas derivadas de desacuerdos entre las secciones de la LCY en cada república, la movilización nacionalista se convirtió en la estrategia política de los dirigentes yugoslavos. La sociedad prestó atención a los nuevos discursos que disgregaban los políticos nacionalistas, involucrándolos de lleno en la agitación étnica:“La versión popular y demagógica de esa política la inventó en 1986 el dirigente de la Liga serbia, Slobodan Milosevic. Primero, reveló esta estrategia cuando movilizó el tradicional nacionalismo serbio combinado con la lealtad al partido y al régimen, para reprimir las demandas de una mayor autonomía por parte de la comunidad albanesa en Kosovo”.[8]

Los primeros seguidores de estas nuevas personalidades públicas eran una especie de secta política de creyentes incondicionales, pero debido a los conceptos de una sociedad acostumbrada a la rigidez dogmática y cerrazón totalitaria propia de un régimen comunista, estos populistas convirtieron rápidamente su movimiento en una campaña de masas, impulsadas por una entrega emotiva de una intensidad no vista desde el período entreguerras. Se trataba de una nueva generación de políticos demagógicos, vigorosos, manipuladores, que sabían lo que querían y que estaban decididos a capitalizar las diferencias étnicas y la tradición nacional.

“Esta forma de política, con su potente énfasis en las imágenes y en el sentimiento étnico era muy moderna, ‘posmoderna’ en realidad, porque los demagogos de Europa no eran ningunos ingenuos: conocían las técnicas de manipulación que necesitaban para infundir la fe en las masas y sabían los efectos que causaban los actos multitudinarios, banderas, cantos, símbolos y colores. Aquellos hombres eran políticos-artistas”.[9]

Los agrupamientos políticos basados en una identidad exclusiva -como los que surgieron en Yugoslavia- suelen ser movimientos llenos de nostalgia, enfocados en la reconstrucción de un pasado heroico, el recuerdo de las injusticias, reales o imaginarias, y de batallas famosas, ganadas o perdidas. Estos movimientos nacionalistas adquieren importancia fundamental a través de la inseguridad popular, el miedo reavivado a los enemigos históricos o la sensación de sentirse amenazados por los que tienen distinto origen, todo sembrado desde una campaña de propaganda masiva. En Yugoslavia, los medios de comunicación se convirtieron en el instrumento ideal para la difusión del mensaje nacionalista.

En el ámbito federal cada república manejaba los medios locales, y un organismo central se encargaba de los intercambios de programación entre cada televisora.  Los nacionalistas establecieron un rígido control sobre los medios locales una vez iniciada la movilización. Esto fue posible porque en realidad poco o nada había cambiado en cuanto a las estructuras heredadas del régimen socialista, lo único verdaderamente novedoso era la retórica nacionalista que se expandía entre las masas a diario. La televisora serbia transmitía todos los días repulsivos documentales sobre los campos de concentración en la Segunda Guerra custodiados por los fascistas croatas, así como dramatizaciones de la legendaria batalla de Kosovo-Polje en 1389, donde los serbios fueron derrotados por los turcos otomanos en una de las luchas más épicas de la Edad Media. Cosas por el estilo se propagaban en la radio y TV de las otras repúblicas.

El principal segmento catalizador del miedo y odio era el concerniente a la información. La diaria labor periodística de los comunicadores se ve entonces ensombrecida por presiones verbales, psíquicas y físicas; desde amenazas con pistola en los pasillos de televisión hasta los ‘reacomodos’ con baja forzosa y despidos injustificados[10]. Para entonces los noticieros de Serbia difundían cosas tan falsas como espeluznantes, como el que en la provincia de Kosovo las jóvenes serbias eran impunemente violadas cada día por los albaneses. En 1986 la televisora de esa república se retiró de los intercambios de programación; poco después lo haría la televisora croata. El futuro presidente de Serbia, Slobodan Milosevic, fue el primero en utilizar los medios electrónicos para expander su mensaje nacionalista, introduciendo recuerdos insoportables en la conciencia de los serbios para su beneficio político:

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“Propagó una mentalidad de víctima, con una campaña histérica de leyendas sobre el ‘genocidio serbio’ a manos de los turcos en 1389, y uno más reciente a manos de los albaneses; con documentos cinematográficos del holocausto serbio ejecutado por la Ustacha croata durante la Segunda Guerra Mundial, y con la intercalación de información sobre sucesos políticos recientes. En verdad, el público serbio experimentó una guerra virtual tiempo antes de que estallara la guerra como tal; un conflicto virtual programado que hacía difícil distinguir la realidad de la ficción, de manera que la persecución en Kosovo de 1389, el holocausto de la Segunda Guerra y la situación de ese momento formaban parte de un mismo fenómeno”.[11]

La propaganda nacionalista empezó a calar hondo en la conciencia de los serbios y en beneficio del proyecto de Milosevic. Su ‘revolución antiburocrática’, con la que pretendía desmantelar el sistema federal de controles y regulaciones, fue un llamamiento populista masivo como ensayo para echar a andar el proyecto de la ‘Gran Serbia’. En su congreso anual de 1988 la Liga Comunista Yugoslava tronó: la sección eslovena abandonó furibunda el pleno y retiró su apoyo al gobierno central. Su acción fue respaldada por la sección croata que le secundó en la escisión de la Liga, y el país entró en una fuerte crisis política. En medio de este ambiente tan enardecido, los comunistas reformistas, conversos al nacionalismo de la noche a la mañana, organizaron elecciones multipartidistas en cada república.

Por ese tiempo, miembros del partido ultranacionalista serbio ocuparon el centro de telecomunicaciones de Banja Luka, una ciudad del norte de Bosnia habitada por serbios, e inmediatamente conectaron la señal con la televisora de Belgrado. Con la nueva transmisión y la difusión del mensaje que suponía, muy pronto los serbobosnios comenzaron a repelar de sus vecinos musulmanes y croatas, sin tomar en cuenta que por largo tiempo hayan sido sus colegas, amigos o hasta parientes.[12] La degradación moral no tardó en convertirse en odio visceral, ello gracias a la cosecha electrónica de una historia manipulada y la mitología del ‘renacimiento serbio’. Según esta lógica, habían sufrido por la opresión de ‘los otros’ y ahora aspiraban a una revancha.

Pero en Croacia y Eslovenia también se estaba cocinando una estrategia de exaltación nacionalista. Los croatas y sobre todo los eslovenos tenían arraigada la idea de que su prosperidad y notable economía industrial se debía a que ellos trabajaban mejor porque compartían una mentalidad de progreso, y porque además, eran ‘más europeos’. En suma, se sentían superiores a las comunidades del atrasado sur de Yugoslavia. Ése fue el principal argumento de los nacionalistas en Eslovenia, pues el añejo desprecio que sentían los eslovenos hacia el sur se exacerbó al supuesto de que eran más avanzados por motivos de nacionalidad y religión.[13]

Por su parte, la propaganda nacionalista en Croacia se basó en cuentos de reyes medievales ubicados en el siglo X, en la revisión histórica del régimen fascista Ustacha, y en el argumento de una aparente superioridad cultural y racial de los croatas, con una leyenda pseudogótica que elevaba su condición de eslavos meridionales a arios germánicos. Al respecto, argumentaron que el pueblo croata tenía ascendencia milenaria de los nómadas visigodos, una antigua tribu escandinava de guerreros muy poderosos, con lo cual los croatas vendrían a ser de estirpe aria. Pero el mensaje de los nacionalistas no existía solo en la literatura. En sus discursos, el líder populista Franjo Tudjman señaló en reiteradas ocasiones que los croatas eran tradicionalmente europeos, mientras que los serbios en realidad eran orientales:

“Nosotros pertenecemos a una cultura diferente, a una civilización diferente que los serbios. No podemos vivir juntos. Los croatas formamos parte de Europa, de la tradición mediterránea. Mucho antes que Shakespeare y Moliére, ya se traducían nuestros autores a las lenguas europeas. Los serbios pertenecen a Oriente, a la cultura bizantina. Son un pueblo oriental, como los turcos y los albaneses”.[15]

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Cuando Franjo Tudjman accedió al poder de su país en 1990, los serbios fueron gradualmente proscritos de cargos públicos y sobre todo, de las filas de la policía local. Además, su gobierno reintrodujo diversos símbolos nacionales propios de la Ustacha, el régimen fascista croata de la Segunda Guerra Mundial -como la kuna, que había sido la moneda nacional durante el período ustasi. El nuevo presidente también reestableció el alfabeto latino para la escritura en su país, desterrando el alfabeto cirílico que utilizaban los serbios. Todo ello le pareció indignante tanto a los serbocroatas como a la comunidad judía local, unidos en su rechazo al gobierno de Tudjman. Como muestra de su frontal desprecio por el nuevo liderazgo nacional, los serbocroatas se obstinaron en una campaña de mítines y asambleas masivas con la finalidad de hacer de Krajina una ‘región autónoma serbia’.

El nacionalismo balcánico consistió entonces en una estrategia orquestada por los diferentes líderes yugoslavos para hacer inimaginable la vida juntos. En cada república, los miembros de otras comunidades empezaron a ser vistos con recelo. Todos los nacionalismos “se anclaron en el mito, la tradición y el exclusivismo religioso. Fueron los nacionalismos de poetas, novelistas, mitificadores históricos, etnógrafos sobreimaginativos y demagogos populistas irresponsables”.[16] Con semejante propaganda y su popular acogida entre las masas, Yugoslavia avanzaba de forma inevitable hacia la desintegración. Los nuevos nacionalistas aplastaron al partido comunista en las elecciones regionales de 1990 debido a la colisión política con argumentos étnicos:

“La movilización serbia de la pasión nacionalista por medio de reuniones masivas y del control absoluto de los medios electrónicos destruyó a Yugoslavia, porque condujo a que otros grupos étnicos se lanzaran a los brazos de sus dirigentes nacionalistas. Antes que permanecer en una Yugoslavia gobernada por Serbia, las otras repúblicas escogieron la independencia”.[17]

Segunda parte de esta historia: http://laguerradeyugoslavia.wordpress.com

Hello world!

•agosto 25, 2007 • 1 comentario

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